La madre que llora por dentro

Siempre, he dicho que «ser mujer» es una tarea ardua hoy en día. Ahora que se habla sobre la equidad de los pueblos marginados, me pregunto ¿cuándo veremos la emancipación de las mujeres que sufren a diario por el hecho de serlo? Pero… esa es otra historia. ¡No! Desafortunadamente, esa es la nuestra.

 

En la crónica femenina también existe el apartado de madre. La maternidad nos sorprende desde principio a fin (como fin, supongo que es la muerte) y que nunca se está del todo preparada. Existen temas dentro de este rubro de maternidad que poco se platican o mejor se ocultan por el dolor que conllevan o por prejuicios sociales. Y, en esta ocasión me refiero a los embarazos que no llegan a término. Tristemente, yo lo soporté en carne y huesos. Es uno de los lutos más dolorosos que cargo en el alma, y tan solo de nombrarlo, me genera automáticamente una aflicción en el corazón; se me contrae el pecho y los ojos instantáneamente, lagrimean. Jamás podré olvidar como el doctor se refería a mi bebé como un «producto». Callé mi embarazo porque la probabilidad de perderlo era muy alta, y no estaba preparada para transmitir una noticia tan dolorosa a los demás. Sufrí el cambio en mi cuerpo, propio de una gestación. Experimente tensión constante en cada minuto del día y la noche. Padecí el dilema sobre decidir si continuaba o no con el embarazo porque la probabilidad de que naciera «bien el producto» (como los doctores afirmaban) era muy baja. Y después de cuatro meses, mi bebé decidió volar. Recuerdo que mi vecina me dijo que durante el legrado, le pidiera a una enfermera que lo bautizara, y yo me preguntaba pero ¿qué nombre le va a dar a mi bebé que nunca pude tocar, ni besar?

 

Posteriormente, cuando pude platicar mi pérdida, me sorprendió la cantidad de mujeres que viven este proceso, y casi todas lloran en silencio. Muchas experimentan culpa y vergüenza prefiriendo no contar lo sucedido para evitar ser juzgadas. Ya que durante muchos años las mujeres solamente servíamos para la crianza y la maternidad, siendo esta nuestra única responsabilidad. Aunque, la ciencia ha demostrado que el fallo de un embarazo no es únicamente compromiso de la mujer; todavía en nuestro inconsciente colectivo se mantiene el prejuicio de la falta de cuidado por parte de las madres.

 

Con mucho cariño y compasión abrazo a todas esas mujeres que han vivido una perdida así, siempre queda la cicatriz en el alma. También reitero que ser madre no es nada fácil. Normalicemos que podemos hablar de perdidas entre nosotros, sin culpa y sin prejuicios. Unámonos, seamos más solidarias, comprensivas y abiertas. Destruyamos esos tabúes de la maternidad y construyamos relaciones de amor y fraternidad. ¿Por qué no empezamos por desmitificar el yugo de la maternidad, desde nuestra cosmovisión de madres y mujeres? Y, dejamos de llorar en silencio.

Scroll al inicio