Cuánto tiempo alejada de escribir, algo que disfruto y que, sobre todo, me ayuda a cuestionarme.
No sé exactamente en qué momento lo fui dejando para después. Supongo que entre todo lo que siempre hay que hacer y atender. Hasta que un día, con un podcast de fondo hablando del propósito de vida, me llegaron varias preguntas de un jalón: ¿cuál era mi propósito? Es más, ¿tenía uno? ¿El propósito se elige, se descubre o simplemente te encuentra?
Y fue justo ahí cuando volví a mi refugio: escribir.
Como suele pasarme cuando algo se me mete en la cabeza, empecé a buscar respuestas. Y terminé, entre otras cosas, con Aristóteles. Hace casi 2.400 años hablaba de la plenitud como algo que se construye a través de nuestra manera de vivir y de las decisiones que tomamos. Y eso me llevó a preguntarme si el propósito también tendría más que ver con cómo vivimos que con encontrar una gran respuesta.
Pero ni Aristóteles, ni todo lo que leí, ni los años de acompañar a otras personas podían decirme cuál era el mío. La pregunta se volvió entonces bastante personal: ¿para qué chin… estoy aquí? ¡Ándale, Ramona! Ahora sí.
Para intentar encontrar la respuesta, tenía que empezar por mi propia historia. Así que miré hacia atrás. Las pérdidas, los logros, las personas que llegaron y las que se fueron, las decisiones buenas y las no tan buenas… Todo eso que, quisiera o no, me ha ido moldeando.
Fue entonces cuando empecé a reconocer cosas que había hecho mías sin saber muy bien de dónde venían.
A eso yo le llamo “herencias malditas”: todo lo que vamos cargando de nuestra historia familiar casi sin darnos cuenta. Lo que aprendimos, lo que vimos, lo que normalizamos y hasta lo que juramos que jamás repetiríamos. Algunas cosas nos sirven; otras, con los años, descubrimos que quizá ya no tanto. Todo viene incluido, sin haberlo pedido, en el combo del árbol genealógico.
Entender todo eso no fue de un día para otro. Busqué ayuda, estudié, me formé y empecé a ver cosas que antes ni siquiera reconocía.
A algunas les puse curitas; de otras ni siquiera sabía que estaban ahí. Ahora me cacho más rápido cuando aparecen. Reconocer de dónde vienen no las hace desaparecer, pero sí me permite decidir qué hacer con ellas. Algunas, incluso, ya dejaron de ser tan malditas.
Hoy sé quién soy, qué quiero y también qué no quiero. Estoy en paz con mi recorrido y no me da miedo decir que estoy orgullosa de mí misma. No por lo que conseguí hacia afuera, sino por lo que finalmente pude mirar hacia adentro.
Y entonces entendí algo. Mi propósito no estaba escondido en el podcast, ni en Aristóteles, ni en ninguna teoría mafufa esperando a que yo lo encontrara. Estaba mucho más cerca: en mi propia historia y en lo que decidiera hacer con ella.
También estaba en algo que llevo años haciendo y que cada vez tiene más sentido para mí: escuchar, acompañar, compartir lo que he aprendido y, si puedo, ayudar a alguien a mirar su propia historia desde otro lugar.
Y en todo esto también están mis hijos. Sé que tendrán su propio camino. Si algún día deciden mirar hacia atrás, ojalá encuentren menos curitas que quitar y más herramientas para entender de dónde vienen.
No puedo dejarles un árbol perfecto. Pero quizá sí uno con algunas ramas menos chuecas.
Ahora te devuelvo la pregunta: ¿hace cuánto que no revisas tu propia historia?
No necesitas tener la respuesta hoy. A mí me tomó años, un podcast —o más de uno—, Aristóteles y unas cuantas curitas para empezar a entender la mía.
(De ese camino nació el Método FARO de Romy Tellería, una propuesta de liderazgo familiar en la que llevo tiempo trabajando y que parte de una idea sencilla: antes de intentar dirigir lo que sucede a nuestro alrededor, vale la pena aprender a reconocer lo que sucede en nosotros. Si quieres conocerlo, lo encuentras en el menú de esta página. Y si quieres preguntarme algo, te leo en los comentarios.)
Vivir con plenitud y crecer a través de ella. Sabias palabras, hermosa tu reflexión.
Gracias, María. Tú sabes que eres responsable de parte de mi proceso de crecimiento y estoy infinitamente agradecida con la vida por encontrarte. Te quiero
Yo descubrí que estoy aquí para acompañar a los más pequeños, ayudarlos a crecer, a tomar buenas decisiones! Nada me hace más feliz que ir a trabajar todos los días. Vivo también en paz y es desde la paz, el amor y el respeto que acepto lo que soy, acepto con responsabilidad mis cargas (o mierda) y las regreso en amor!!! Gracias Ramona
Y se nota el amor que le pones a las cosas, por eso lo haces tan bien. Que afortunados todos esos niños que han tenido la suerte de tenerte cerca.