Es increíble la capacidad femenina para poder comunicarnos y si existiera el término «sobre comunicar» sería el indicado.
De acuerdo con estudios el promedio de palabras con las que se comunica una mujer al día es de más de 20 mil. Mientras que de un hombre es alrededor de 7 mil. Claramente les llevamos una ventaja significativa. Aunque he de decir, que conozco una que otra mujer que trae en su disco duro una ración doble de palabras… es decir es imparable. Si no puede hablar, canta y si no tararea.
Lo más maravilloso del tema es que con sólo 5 minutos podemos revelar hasta el más oculto secreto a cualquier desconocido. Y el problema radica cuando no medimos al interlocutor objetivo porque resulta igual de bueno para comunicarnos el señor de la carnicería o el policía o la señorita que atiende en el supermercado o el mesero etc… No tenemos límites. Todos, absolutamente todos, son blancos perfectos para sacar aquellas palabras que tenemos guardadas.
Seguramente, hemos experimentado varias situaciones que después de que suceden nos preguntamos: «¿Y yo porque le conté esto a este señor? ¡Ni lo conozco y ya se entero de mi vida!» O ni siquiera hacemos conciencia alguna de lo sucedido… nunca.
Situaciones tales como llegar a la farmacia, entregar la receta y acto seguido preguntar: «¿Creé que es lo indicado para mi mal?» Como si el que atiende es el doctor especialista. Y es ese preciso momento cuando llegan las palabras que tenemos almacenadas para el que nos atiende con bata blanca. A descosernos se ha dicho, si este individuo por lo menos nos miró. Comenzamos a platicarle cada uno de nuestros achaques, sin omitir ningún por menor. Desde qué doctor consultamos, en qué clínica, qué especialidad. Mostramos nuestros estudios, le contamos sobre el remedio que leímos en Internet o en algún programa de televisión o aquel que nos dijo la tía de la prima de la abuela de la vecina. Y para culminar relatamos que precisamente este mal lo tuvo un familiar o un amigo. Suspiramos con la esperanza que él nos recete correctamente o por lo menos avale lo que viene en ese papelito expedido por el verdadero especialista. Si es mujer la que nos atendió probablemente obtenemos algún tipo de repuesta un poco más amplia (quizá ella tiene su reserva de palabras para aplicar y le caímos bien o nos vio muy angustiadas). Pero si es hombre sólo moverá la cabeza de un lado al otro con cara de interés mientras piensa en el partido de fútbol y nos entregara los medicamentos de la receta inicial. Tal vez nos dirá: ¡Qué se mejore!
Otro momento similar es cuando estamos en el salón de belleza con la manicurista quien sabe tanto de nosotros que hasta opina sobre nuestra vida. Por lo general, en este caso, ella también es mujer. Entonces sí comienza la acción: nos desatamos en un intercambio de consejos y recomendaciones, nos sentimos consejeras matrimoniales, legales, familiares, medicinales etc.
Parece ser que al platicar con un desconocido experimentamos la sensación de habernos quitado un peso de encima (ojalá hablar quitara kilos porque también se nos da la combinación: platica desayuno o comida o café o cena o todas juntas). ¿Qué sucedería si un día, sólo un día, no platicáramos con un extraño sobre nuestros asuntos? ¿Realmente estaríamos mejor?…. ¡No! ¡No creo!… ¡Ni modo! Tenemos que seguir desahogándonos y acabar con todas esas palabras almacenadas. ¡Hay que liberarlas!