El dolor de la empatia (Don’t Stop Believin’)

Hace más de un año, a mis hijas les llegó un mensaje a sus teléfonos avisándoles que un amigo suyo, Armando, había muerto. Evidentemente, todos pensamos que era una muy mala broma, o que se trataba de un error, porque a un muchacho de 18 años no le suceden eventos tan trágicos como este.

Apenas hace unos meses, a un gran amigo de 50 años le ocurrió lo que la mayoría de quienes no somos doctores ni estamos relacionados con temas de salud apenas conocemos: a Charlie se le desgarró la aorta. Todos, incrédulos de que algo así pudiera pasarle a una persona joven… y pasó. Nuestro Charlie murió.

En ambos casos, las reacciones de asombro y de máxima tristeza superaban la realidad. No podíamos, ni queríamos, aceptar que estos eventos les sucedieran a personas jóvenes, con tanto por vivir todavía. Pero lo que más nos dolía era vernos reflejados en su dolor, porque “pudimos ser cualquiera de nosotros”. Al recibir noticias de este tipo —enfermedades, divorcios caóticos, muertes, tragedias humanas—, además de que nos desajustan en nuestra ya desajustada realidad, pensamos en todos los posibles y cercanos afectados: padres, madres, hijos, esposas, abuelas, novias, amigos, etc. Y, muy en el fondo, lloramos y agradecemos que, en esta “rifa del tigre”, no fuimos nosotros los afectados. Estos sucesos nos «resetean», y miramos distinto el presente, valorando el futuro y añorando lo no hecho en el pasado. Porque “el dolor duele”, y duele feo. Y nos cachamos hablando de justicia, porque es “injusto” que a la gente buena, o joven, le pasen estas tragedias.

Estas sacudidas nos llevan a una reflexión profunda y a una lista de promesas conscientes e inmediatas. A días de la muerte de Armando, recuerdo que mis hijas comentaron que todos sus amigos cercanos prometieron no fumar y tomar menos alcohol. Repentinamente, y como un balde de agua helada, asimilaron dolorosamente que la muerte llega aún a los más jóvenes, a los buenos, a los que tienen mucho por vivir, a los de su edad, a los hijos y a los amigos. En tanto, algunos adultos, después de la partida de Charlie, “nos despabilamos”: reagendamos citas postergadas con doctores, nos hicimos chequeos médicos. Hicimos el balance de nuestras finanzas (me recuerda esa canción de Emmanuel, La Ultima Luna: «…Otros fueron hacia el banco, a hacer alguna operación
Pero que confusión…») porque no queremos que, si faltamos, nuestros familiares sufran aún más por un tema económico mal heredado. También nos ocupamos, conscientemente, de vivir el momento: llamamos a nuestros padres y los visitamos. Estrenamos ese vestido que teníamos guardado para una ocasión especial. Le dimos tiempo de calidad a los nuestros… nuestro tiempo de verdad. Perdonamos y pedimos perdón.

Así mismo, llega un análisis sobre la imagen que dejamos en los demás, especialmente ante nuestros seres más cercanos. Y los cuestionamientos surgen: ¿cómo me percibe la gente a mi alrededor? ¿Qué pasaría si yo fuera el que estuviera ahí? ¿Me recordarían como me gustaría que fuera? ¿Estarían orgullosos de mí? ¿Me extrañarían?

“Nadie tiene la vida comprada”, siempre lo dice mi madre. No sabemos qué pasará mañana. Pero, en mi caso, cuando la realidad llama así de fuerte a mi puerta y me recuerda que no soy eterna; cuando la empatía se vuelve cruel y violenta, y además duele —ahí, en lo profundo del dolor—, agradezco la sacudida. Porque entonces aparece una nueva oportunidad de redefinir mis prioridades, de completar la lista, de dejar un recuerdo de amor a mis hijos… y, quizá, una que otra carcajada que les alivie el alma. Y que, en silencio, digan: “gracias por existir”.

Con mucho cariño, a todos los que la vida les ha dado un vuelco inexplicable, los abrazo con amor. A los que ya no están: “gracias por existir”. Y a los que seguimos aquí, recuerden: Don’t Stop Believin’.

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