Cuantas veces nos vemos sumergidos en una crisis, misma que no le encontramos ni pies ni cabeza para superarla. A veces, parece que nos caen todas de un «jalón» y otras se nos van dosificando poco a poco.
Quien diga que nunca ha estado en crisis, es porque está en la peor de todas, la de los ciegos. La vida se encarga de irnos mostrando pequeñas situaciones para que tomemos cartas en el asunto y en ocasiones las dejamos pasar, hasta que nos llega el golpe, entonces, nos preguntamos: pero, ¿Cómo pasó esto? Todavía afirmamos: «jamás lo vi venir». Si, llegan y están latentes a cada uno de nuestros actos o de nuestras decisiones y se conectan con nuestro entorno para que un día ¡Bum! estallen. También, existen las personas que viven en un apuro eterno, esas que parece que traen «la nube negra» arriba de su cabeza y por más que se la sacuden, no logran alejarla. Ojalá, que a ellas les llegue un poco de claridad porque no siempre todo es negro, ni lluvioso; la vida ofrece más oportunidades, sólo hay que ser lo suficientemente hábiles para poder descifrarlas. O, con una buena dosis de Tafil y Rivotril… seguro les cambiará la visión del día.
Una amiga, alguna vez, me dijo que: CRISIS era = a OPORTUNIDAD. Al experimentar una crisis existe la posibilidad de actuar, de evolucionar, de replantear nuestros objetivos, de visualizarnos diferentes. Hay un camino de luz, que se llama oportunidad para renacer.
Cada persona actúa de acuerdo a sus propias experiencias, ego, personalidad y educación. Estas dificultades son una confrontación continua ante nuestro propio espejo, pero, también es mirarnos en el reflejo del otro, desnudarnos y cuestionarnos. De alguna forma nosotros mismos cooperamos para llegar hasta el punto del conflicto en el que nos encontramos. Es el momento en el que decidimos para donde jalar, y aunque todo parezca obscuro, siempre hay salidas, hay que tener la virtud de reconocer esos caminos, muchas veces es bastante difícil ya que nos sacuden nuestros miedos, nuestras inseguridades, nuestras expectativas… en si, nuestro ser que no conoce ese punto de incertidumbre. Durante este proceso nuestro cuerpo se transforma, se vuelve más receptivo: oímos mejor, nuestras pupilas se dilatan, estamos más al pendiente de nuestro entorno, nos volvemos desconfiados y estamos en un estado de alerta constante, con la adrenalina al tope.
He aprendido que durante las crisis es fácil juzgar y criticar, somos Dioses para ejercer este poder. Recuerdo cuando mis hijas eran pequeñas salían corriendo, yo las llamaba por su nombre y regresaban como hermosas mariposas; mientras yo observaba a las madres de niños que los llamaban y salían las pulgas disparadas en otra dirección contraria a la del llamado. Mi ego «de madre educadora» estaba lleno de gozo al ver que mis niñas respondían en seguida. Pero, cuando por primera vez mi hijo empezó a caminar sólo y lo llamé, corrió como loco… al otro lado, ahí, me quedé parada viéndolo y tragándome cada una de mis palabras. Esto es sólo un pequeño ejemplo de lo que uno es capaz de pensar a partir de nuestras vivencias y juicios, porque lo más fácil que podemos hacer es opinar sobre los demás y sus acciones, cuando no sabemos lo que en realidad sucede. Así, como la esposa que dice: «si mi marido me pinta el cuerno, yo, lo mando a volar en el instante», pero cuando viven el momento de la verdad, su posición es otra, habrá quien si cumpla su palabra pero también estará quien busque la reconciliación a muchos niveles, cada pareja tienen sus propios acuerdos y.. se valen, como diría mi madre: «uno nunca sabe lo que pasa debajo de las sabanas». O, La hija que piensa: «jamás voy a hacerme cargo de mis padres» y a unos meses más, está cambiándoles el pañal o trabajando para sostenerlos. O, quien asegura: «mis hijos no han tomado una gota de alcohol y mucho menos fumado»; diás después los recogen en una fiesta en calidad de bulto. O, la tierna mamá que presume que su hijo no es berrinchudo, que su relación es la mejor, pero al cerrar las puertas de su casa parece una batalla campal. La mujer que va por la vida con la frente en alto, pero cuando llega a su hogar es objeto de toda clase de abusos, prefiriendo callárselos. Y ahí, estamos todos enjuiciando desde nuestra trinchera, sin darnos cuenta que en «casa del jabonero, el que no cae, resbala».
Creo firmemente, que somos seres capaces de reflexionar, de perdonar, de dar oportunidades y de salir adelante; porque creo que todos tenemos ese gran don de recuperación física y emocional. Aunque, hoy en día vivimos en la era del «deshecho», si algo no nos sirve lo cambiamos, así, como si alguien no nos responde como esperamos, es más fácil, votarlo. Pocos se atreven a luchar por sus compromisos, sus seres queridos, sus relaciones, sus trabajos porque parece más vergonzoso perdonar que buscar soluciones.
Considero, que estos momentos de apuro, la vida, nos da la gran oportunidad de visualizarnos como seres no perfectos, con un sin fin de virtudes pero también de errores, con un bagaje de experiencias desde nuestro niño interior hasta el adulto en el que nos hemos convertido que nos permiten crecer, la decisión que tomemos ante una crisis siempre será «nuestra» y seremos, solo, nosotros, los responsables de «nuestra» vida, porque como por ahí dicen: «al final del camino estaremos solos con nuestros actos».
