Creo que ser mujer es un tema, ya de por sí, complicado pero ser mujer con ganas de ir al baño en un lugar público es una verdadera odisea.

Las personas que conviven conmigo afirman que conozco todos los baños, pero ¡no!, aún me faltan varios por visitar. Y es que entre tantos líquidos ingeridos: agua, café, tés, licuados etc. A veces, es imposible aguantar a llegar a un lugar seguro, y es ahí donde comienza mi «vía crucis».
Primero, hay que encontrar un sitio “limpio”, es bien sabido que habrá que tolerar la respiración el tiempo que sea necesario, ya que ningún baño huele a rosas, el mejor aromatizante podría ser el famoso “cloralex”.
Busco a quien preguntar la ubicación del santísimo sanitario, tratando de ser casual y sin prisas, que, por lo general, la respuesta es: “al fondo a la derecha”. Me dirijo lo más rápido posible, claro, que mi posición corporal es ligeramente jorobada, no hay forma de ir como princesa al trono. Si de casualidad en el camino aparece otra mujer que toma la misma dirección, apresuro el paso porque no hay manera que llegue ella antes.

Por fin, me encuentro en la entrada del “recinto sagrado” y quedo pasmada al ver que hay una cola de entre diez y veinte mujeres. Ya no hay forma de buscar una segunda opción, así que me formó y le pregunto, con mi mejor sonrisa, a la princesa que está antes de mí en la fila (aunque, más bien, me parece una bruja por ganarme UN, lugar): «¿Estás formada? (Como si por arte de magia, todas me fueran a dejar pasar, con tan solo preguntar)». Y ella, con una mirada inquisidora me response: “si”. Así que, a.. esperar y, mientras, pienso: “¡chin! no hubiera tomado ese último café (mismo pretexto, como: “el último tequila fue el que me emborrachó”); o, la botella de agua, o…”. También ruego porque no llegue una mamá con un niño gritando: “¡ya no aguanto!”; o una viejita con tanque de oxígeno en silla de ruedas; o una embarazada porque, expondría mi honorabilidad contra la resistencia física. En estos lugares, nunca falta la mujer que se cree «muy lista”, tratando de colarse con el pretexto de que “solo se va a lavar las manos” porque en cuanto veo la intención me sale, la mismísima, Uma Thurman, en Bill Kill, y la mando para atrás… ¡A, la cola!
Ya es mi turno. Se abre una puerta y me abalanzo sobre ella, miro de reojo el estado del lugar, si está muy sucio, me hago de la vista gorda. Cierro, pero… ¡sorpresa #1! No hay seguro, así que hay que buscar alguna forma para poder evitar que se abra… porque, ante todo el pudor. Empujarla con la cabeza será la mejor opción. Existe otro problemita, hay que colocar, en un gancho, mi bolsa, más el suéter que he cargado todo el día, ya que en esta ciudad uno nunca sabe cómo va a estar el clima. Y… ¡sorpresa #2!: no hay, un sólo gancho. ¡Jamás!, dejaría la bolsa en el piso, así que, a colgármela en el cuello; el suéter, o lo meto hecho bolas a la bolsa, o lo cuelgo en la puerta por la parte de arriba, así la gente verá que está ocupado pero imposible bajar la guardia con la cabeza empujando. Si, además, traigo una compra extra y ya no cabe en mi bolsa, tendré que utilizar los dientes para sostenerla.
Entre tantos malabares recuerdo todas esas instrucciones que me dio mi madre de chiquita: “no toques nada”, “haz de aguilita”, “ponle papel de baño al escusado” etc.
Al fin, ya en la posición más segura, (siempre de aguilita) … ¡algo sucede! ¡Parece que mi vejiga se congeló y no expulsa nada! Entonces, hago el mismo ruido como el que les produzco a mis hijos cuando tienen esta dificultad, sin importar ser escuchada: ¡shhhhh! (tratando de imitar el sonido del agua cayendo). ¡Aleluya! El suplicio terminó. Mis piernas tiemblan por todo el peso y tiempo sostenido. Meto la mano al dispensador de papel de baño. Y… “sorpresa #3”, ¡no hay papel! Estoy segura de traer en la bolsa algún kleenex o por lo menos una servilleta del helado de mi hijo que se comió el día anterior, o… ¡lo que sea!
Antes de abrir la puerta, trato de recuperar mi cuerpo previamente contorsionado comprobando que todos los huesos estén en su lugar… ¡Descansé! Al abrir la puerta, ahí viene otra mujer apunto de taclearme. Uno comprende que no son lo mismo cinco minutos afuera que adentro de un baño.
Me reviso, rápido, ante el espejo para descubrir que tan despeinada quedé con todo lo que sucedió allá adentro. Al salir del baño recuerdo que no le dije a la siguiente víctima que no había papel, que no cerraba la puerta, que no había gancho donde colgar la bolsa y que el escusado se había tapado. Pero, no estoy dispuesta a regresar, seguro ella tendrá sus propias mañas.
En realidad, he pasado por peores situaciones donde si hay seguro en la puerta y es tan eficiente que no se puede abrir, así que: he pegado de gritos; o me he sentido Tom Cruise en Misión Imposible arrastrándome por debajo de la puerta; o he esperado minutos eternos para que alguien entre y me ayude en el rescate.
También existen esos «baños» que cobran por entrar, por un pedazo de papel y, además, dan tu cubetita para que cuando acabes “le jales” (cualquier mujer entendió).
Los baños de mujeres no siempre son los lugares maravillosos que los hombres sueñan con visitar, a veces pasan cosas inimaginables. Ojalá, algún día TODOS estos sitios tuvieran requerimientos sencillos como: estar limpios, sin olor (pido milagros), con cerrojos, ganchos, PAPEL DE BAÑO, un W.C. eficiente y mayor número de escusados que hay actualmente. Entonces sí… ¡sería otra dimensión, lo juro!