Hace unos días realicé una prueba llamada Ironman 70.3. ¿De qué se trata esta competencia? Pues es fácil de decir, pero complicada de ejecutar. Consiste en recorrer, en un mismo día, 1.9k nadando, 90k en bicicleta y 21k corriendo. Ha sido uno de los retos físicos más complejos al que me he enfrentado. Podría seguir platicando sobre el evento; sobre los largos entrenamientos; sobre mi poca experiencia en la natación y que «solo» comencé para sanar una vieja lesión logrando adquirir la distancia necesaria para competir. También, podría describir perfectamente, el sentimiento de coraje experimentado semanas antes del evento, al saber que no realizaría las tres disciplinas. O, quizá podría platicar como nunca antes había hecho un triatlón. O, probablemente contar como temblaron mis piernas cuando mi esposo me pidió que revisara un correo electrónico y encontrar la inscripción a un evento que no consideraba realizarlo. O, como sufrí de insomnio, a pesar del cansancio. O, volver a reírme de mis múltiples caídas en bicicleta. O, presumir el sentimiento de orgullo que vivían mis hijos al pensar que su mamá también podía hacer algo tan loco como su padre. También podría platicar de la emoción que se vivía ese domingo en la mañana y la terrible frustración que sentía al ver a mi equipo de «insanos» (como los describí en alguna otra ocasión) listos para nadar, mientras los observaba del otro lado de la reja, para después unirme a ellos en la ruta de la bicicleta. Casi puedo afirmar que los paisajes que disfruté ese día no se borrarán jamás de mi mente, creo que son los más hermosos que he recorrido en dos ruedas. Tampoco podría dejar de platicar mi caída en el 7k de la carrera y no parar (parece ser mi especialidad). O, revivir esa imagen inolvidable cuando encontré a mi marido, culpable de esta locura, a unos metros antes de la meta; tomarnos de la mano, bailar y entrar juntos llorando, satisfecha. Me gustaría saber explicar el efecto que hace la adrenalina, las endorfinas y seguramente muchas hormonas más que, aún varios días después, recorren mi cuerpo y me tienen en un estado parecido al de recién parida: muerta de hambre, de sed, con sueño y llorando por todo.
Podría seguir contando muchas experiencias vividas ese día y durante el proceso, pero me gustaría enfocarme a la capacidad de proponerse un reto y lograrlo. En este caso es uno deportivo, pero con seguridad se podría aplicar a cualquier otro y bajo diversas circunstancias como de tiempo, de espacio, de capacidad etc. Puede ser uno personal, laboral, profesional, familiar, de pareja o de salud que requiere sacrificios para vencer y salir triunfantes. Pero dirigiré mi atención a lo ocurrido en carne propia recientemente.
Un acontecimiento de esta naturaleza requiere de duro entrenamiento físico y mental. Durante varios meses pude ser testigo de la inseguridad y poca fe que llegamos a experimentar. Miré el cansancio y la satisfacción muy cerca. Recorrí momentos de debilidad, de dolor, de incertidumbre y de desesperación. Abracé la angustia y la fortaleza. Por varios instantes conocí el miedo. Viví lo que es el sacrificio y la disciplina. Escuché súplicas y quejas, pero también vi caras de orgullo. Comprobé como un hombre con una vida sedentaria decidió luchar contra el sobrepeso, la inexperiencia deportiva y la poca condición física. Sorteo críticas y dudas, pero no se rindió, ese domingo cruzó orgulloso la meta y se convirtió en lo que seguramente parecía un sueño… su sueño… en un Ironman. También aprendí que Mich, con 56 años se propuso un reto, se preparó con dedicación, aprendió a nadar, se montó en la bicicleta, le perdió el miedo a tomar vuelo, a ir rápido y hasta lo disfrutó. Recuerdo que más de una vez la escuché decir que no era capaz de lograrlo; que tenía mucho miedo; que su gente también dudaba de su capacidad, qué era un mal momento pero no se rajó (como decía). Al contrarío buscó todo tipo de ayuda para hacer un papel digno, sudo gotas de cansancio y de dolor, pero se mantuvo fiel a su ideal. Horas antes del evento se le podía ver el temor reflejado en sus ojos. El mero día me dijo: quiero llorar. Y, lloró… lloró con los brazos arriba cuando cruzó la meta porque lo había logrado. Todos sus fantasmas desaparecieron al pisar la alfombra de llegada, luchó, se arriesgó y venció. Comprobé como la motivación, sea la que sea, es un motor que en verdad mueve cuerpos, cabezas y hasta almas. Y constaté que la vida está hecha de retos. Estoy casi segura que en este tipo de pruebas, todos los competidores que se encuentran en la línea de salida son unos para llegar a la meta convertidos en otros.

Un día antes del evento tuve la oportunidad de conocer al tres veces campeón mundial de Ironman 70.3, no me atreví a pedirle una fotografía. Hoy, no me arrepiento de no haberlo hecho porque tengo la mejor imagen, que además me deja una verdadera lección de vida, y esa es con mis campeones de esfuerzo y tenacidad… mis amigos y maestros «insanos».
P.D. Con orgullo digo que apesar de todas mis quejas y miedos estoy verdaderamente satisfecha de lo vivido, de todo, aún con sus sin sabores.