«Los buenos días son de Dios»

Hago un atento llamado a las mamás (en especial, aquellas que tienen hijos  pre pubertos, pubertos y jóvenes) para que de manera intensiva, día y noche, pongan a sus criaturas (y una que otra madre también) a mirar con mucha atención el capítulo de Barney  «Los buenos modales», lo memoricen y lo practiquen, primero ante el espejo para que se lo aprendan y luego, en cuanto se les cruce la primera persona en su camino. Si ustedes, como figura educativa en casa,  no fueron lo suficientemente firmes en el tema, por favor, que ese dinosaurio morado haga bien su trabajo con las famosas palabras de poder: «por favor y gracias».  Y, en una de esas, también, logran ganar un: «buenos días», «buenas tardes», «buenas noches», «con permiso», «pase usted» (este último ya fue mucho pedir) etc. Aunque, me parece que estas últimas frases ya son más difíciles de recuperar en el disco duro de esta población.

De verdad, las convocó en calidad de URGENTE a poner orden en temas que parecen sencillos como estos pero son de vital valor.

Es sorprendente hasta de contar situaciones que me han sucedido recientemente como cuando entré a un elevador, junto con dos chavos no mayores de 17 años,  los saludé con un «buenas tardes» . Ni me voltearon a ver. Para mis pulgas, enseguida volví a decir más fuerte «buenas tardes» y ni el «cri, cri» del grillo escuché. Cuando por tercera vez vuelvo a dar el saludo, ya en un tono mayor, logró que sus cabecitas giren hacía mí, con una mirada fulminante me observan y regresan a su sagrado teléfono celular a continuar escribiendo,  por supuesto, tampoco contestaron, naaaadaaaa. Decidí guardar silencio, mientras pensaba, «¡Uy! si esto hubiera pasado cuando yo tenía su edad, al primer saludo me hubiera cuadrado y respondido de inmediato. Y claro, si mi mamá algún día se hubiera enterado de una actitud mía así, ya no tendría mis dientes en su lugar». Por fin se abrieron las puertas y salí huyendo lo más pronto posible.

O, por ejemplo, el viernes pasado fui a patinar en hielo con mis hijos,  cuando un grupo de 3 niñas de no más de 12 años intentaban entrar por la salida, el vigilante les advirtió que no era la entrada, lo voltearon a ver de arriba a abajo y siguieron caminando. Cuando estuvieron enfrente de mí, les busqué la mirada y les dije: «corazones, (yo, la ridícula) ya les dijeron que por aquí no es la entrada. Con permiso porque vamos a pasar». Acto seguido voltea una de ellas y me responde «obvio, que lo sabemos. ¿Algún problema?». Mi quijada cayó hasta el suelo y mis ojos salían y entraban de su órbita como en una caricatura. Me quedé callada y me contuve. Mis hijas me miraron sorprendidas y dijeron: «mamá, esa niña es una grosera» Creo que ellas estaban más enojadas que yo. Esperé a que las regresara el policía, al flamenco trío, y busque a la mamá, no me sorprendió nada que ella fuera más mal educada que las criaturas. Confirmé nuevamente lo que mi mamá siempre dice: «la educación se mama, hija».

Y, si de casualidad se encuentran estos jóvenes en la cola del supermercado, del cine, del café o del restaurante y la persona que tienen enfrente los saluda con un «hola» o un «buenas tardes»,  del otro lado se escucha un silencio sepulcral, solo contestan lo básico, ni la mirada levantan. A veces, me pregunto si más bien necesitan un aparato auditivo en vez de un jalón de orejas, quizá es un problema físico y no educativo.

Lo que más me preocupa en estas acciones de nuestra juventud es que dentro de unos años, ellos serán los responsables de la población adulta mayor y peor aún serán los encargados de educar a nuestra futura niñez. Me pregunto ¿cómo lo harán? ¿bajo que preceptos? Considero, como padres,  que estamos perdiendo el piso, sí el piso, la fuente, los cimientos: los valores básicos.  Veo claramente, que estamos creando generaciones vacías y obscuras; niños y jóvenes que se consideran los reyes del mundo; personas sin respeto; poco tolerantes; sin humildad… totalmente frustrados.

La realidad es que así no gira el mundo,  la educación abre puertas que ni el dinero, ni la posición social, ni los conocimientos lo hacen. Reconsideremos nuestras prioridades en la enseñanza. Y, como mi madre también dice: «los buenos días son de Dios». Si supieran que lindo se siente cuando se dan de corazón, hasta el alma descansa.

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