De tal palo, tal astilla… ¿o no necesariamente?

Seguro que más de una vez nos hemos cachado diciendo o haciendo algo y, casi de inmediato, pensamos: «¡Híjole! ¿Y esto de dónde lo saqué?».

A veces reconocemos, en nuestras propias palabras o reacciones, a personas que queremos tanto que casi podemos escuchar su tono de voz. Otras veces, reconocemos a esa persona que jurábamos jamás imitar.

Lo primero lo descubrimos con orgullo y hasta con ternura. Lo segundo, con cierta penita, de esa que nos hace mirar para otro lado y fingir que aquí no pasó nada.

Resulta que la psicología ofrece una explicación de este fenómeno. Albert Bandura, a través de su teoría del aprendizaje social, estudió cómo adquirimos conductas al observar a otras personas. A este proceso se le conoce como aprendizaje observacional. Aunque nuestra manera de ser se construye a partir de múltiples experiencias e influencias, muchas de nuestras primeras referencias provienen de casa.

Con el tiempo he comprendido que la familia representa mucho más que el lugar donde convivimos. Es uno de los primeros espacios en los que aprendemos a relacionarnos con el mundo: cómo enfrentamos los conflictos, qué significado le damos a la autoridad, cómo expresamos afecto y cómo reaccionamos ante la frustración.

Mi madre decía que «la educación se mama». Y concuerdo con ella. Pero también se maman los modales, las reacciones, los silencios y hasta esas frases que prometimos no repetir nunca.

Pero hay algo que me parece todavía más interesante que descubrir de quién aprendimos determinada conducta: las explicaciones que encontramos para seguir repitiéndola.

Nos molesta que alguien levante la voz, pero cuando lo hacemos nosotros es porque «es la única manera de que me hagan caso». Criticamos a quien quiere controlarlo todo, pero cuando nos toca hacerlo lo llamamos «ser organizados, precavidos y previsores». Y cuando alguien se niega a cambiar, lo llamamos terco; cuando somos nosotros, simplemente decimos: «Así soy yo y no voy a cambiar».

Algunas de esas conductas pueden ofrecernos una satisfacción inmediata o, cuando menos, un ratito de paz, aunque después nos compliquen la vida. A veces nos ahorran una conversación incómoda; otras, nos permiten seguir convencidos de que tenemos toda la razón.

Y aquí viene lo incómodo: saber de dónde viene una conducta no significa que tengamos que seguir justificándola.

Y hay algo más: mientras intentamos entender lo que aprendimos de otros, también estamos influyendo en quienes nos rodean. Lo que decimos, lo que hacemos y hasta lo que preferimos callar pueden convertirse en referentes para alguien más. Nos guste o no, también somos parte de lo que otros aprenden.

Así que la próxima vez que nos sorprendamos diciendo algo igualito que nuestra madre, nuestro padre o cualquier otra persona que haya marcado nuestra vida, quizá valga la pena hacernos una segunda pregunta:

«Ya sé de quién lo aprendí. Pero ¿quiero seguir haciéndolo?»

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