No hay mal, que por bien no venga.

Esta es una frase que continuamente mi mamá me repetía y aunque tengo la “habilidad” del Chapulín Colorado para cambiar el orden de las palabras en los refranes,  este es uno que me lo repitieron tantas veces, que no solamente me lo aprendí, sino también lo he llegado ha asimilar.

 Los cambios siempre son procesos difíciles de asimilar, y en ocasiones los vemos completamente “negros” y negativos, pero al final de la línea del tiempo ese movimiento tiene algún bien probablemente poco perceptible.

Existen cambios no deseados, como una enfermedad, una muerte, un divorcio, una separación, un abandono, un despido, una pandemia, etc. Cuando aparecen inesperadamente, siempre retumban en las entrañas de nuestro ser, que tantas veces nos parten el alma y nos dejan atropellados en este mundo, sin esperanza y llenos de incertidumbre. Sin embargo, todos ellos van acompañados de “algo” y en ocasiones estamos tan cegados ante el dolor que no somos capaces de evidenciarlo y agradecerlo, porque no somos capaces de apreciar ese regalo que nos manda la vida para salir adelante desde una nueva perspectiva, haciéndolos, sumamente difícil de reconocerlos. Y, tardamos tiempo en asimilar la enseñanza que nos trae ese “cambio” no deseado, ese que tuvo a bien movernos de lugar… de nuestra zona de confort, de nuestra realidad y, nos obliga a “tomar al toro por los cuernos” para seguir adelante. Desafortunadamente, en algunos momentos parece que las desgracias vienen acompañadas en conjunto, y somos incapaces de sortearlas, ya que estamos muy ocupados por sobrevivir, quizá de eso se trata esta coyuntura, de “nadar contra corriente” hasta encontrar la “corriente” que nos “ilumine el camino”.

También hay cambios que uno tiene la esperanza de que serán “para bien”. Esos, que decimos: “¡ya me vi!”, donde, efectivamente, nos visualizamos felices, en paz y con nuevas esperanzas, porque le apostamos al destino para que nos vaya bien o mejor. Y, probablemente, en esta nueva perspectiva se pierde algo o alguien, y aun cuando este cambio es deseado, este mismo puede resultar doloroso, deprimente  y hasta estresante. Es ahí donde nos encontramos en una encrucijada, pero seguimos la voz de ese “grillito interno”, llamado intuición que nos dice: por aquí es, pero te costará trabajo lograrlo, caminarás sendas inesperadas, llorarás, te frustrarás, pero confía porque lo lograrás.

Esta virtud de encontrar “lo bueno en lo malo” se llama resiliencia, y de acuerdo a la Real Academia Española, esta es la definición: “capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos”.

Hoy en día, mi vida vive un cambio nuevo deseado, pensado y repensado, donde, con anterioridad, evalué los pros y los contras, porque aunque mi personalidad está acostumbrada a irse “como el Borras”, en esta ocasión, sí “hice mi chamba”. No niego que tengo mucho miedo, incertidumbre y tristeza pero mi objetivo está claro, le “apuesto” a un futuro lleno de nuevos retos, mucha felicidad y un porvenir más próspero aunque tenga que sacrificar lo conocido y lo amado, hasta hoy.

Yo deseo que todos los cambios que llegan a mi vida, me ayuden a ver la belleza; y si es a través del dolor, que no me cieguen. Que me hagan mucho más resiliente con la capacidad suficiente para afrontar cada movimiento y ser capaz de poder abrazarlo, agradecerlo y reconocer el beneficio del mismo. También lo deseo para ti que me lees.

Y como decía el Chapulín Colorado: “Más vale solo, que mal que por bien no venga”. Así será.

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