@livEvolucion @ramonalamona
Para muchos, desde el momento en que somos concebidos nos hacemos acreedores de un “título” tal como, “ya viene el heredero”, “este niño salvará mi matrimonio”, “por fin tendré descendencia”, “ya habrá quien siga con las empresas y los negocios”, “este hijo si será abogado, sacerdote, ingeniero etc.”. Esto sucede de manera involuntaria por nuestros padres, o por la sociedad en general. Uno no entiende, pero pareciera que nuestro destino está escrito sin nuestro consentimiento. Independientemente del propósito al que venimos a este mundo, ya nos sumaron otros, más los que tenemos que resolver de nuestro árbol familiar… ¡Agárrense porque tenemos mucho trabajo que hacer! Y apenas vamos naciendo.
Una vez aterrizados en este plano, también vamos adquiriendo más etiquetas por el resto de nuestras vidas, algunas al azar o por un “pequeño” accidente de nuestra “hábil” personalidad. Por ejemplo, no falta el pequeño que al aprender a caminar patea un balón y como el sueño de todos a su alrededor es tener un futbolista profesional en casa, entonces, ya se hizo acreedor a la etiqueta “del próximo Messi”, ¡pobre de él que no se dedique al futbol! Porque ya está escrito por su familia que será el siguiente campeón del mundo. O, aquella pobre criatura, que por distintas circunstancias de la vida tiene algunos deslices de carácter e inmediatamente la tachan de “berrinchuda, o grosera, o enojona…” y la inocente alma, quizás, estaba lidiando con un simple dolor de dientes.
Así vamos construyendo nuestras etiquetas y en muchos casos las vamos cargando de por vida. Esa máquina interna se lo cree, nuestro inconsciente, y el consciente, y el subconsciente, pero también el universo y… el mundo entero, empezando por uno mismo. En ocasiones, hasta comenzamos a sentirnos cómodos con nuestra etiqueta, la presumimos, nos jactamos de ella, por muy negativa que sea, y hasta nos justificamos con ella diciendo “¡ya vez, que así soy!, y cuando nos conviene, mejor nos hacemos de la “vista gorda”.
Y entonces, estas maravillosas etiquetas como si fueran nuestro eslogan, comienzan a definirnos, las utilizamos a nuestra conveniencia; a veces, nos ayudan y en ocasiones nos obstaculizan, pero las conservamos y hasta las apapachamos. Desafortunadamente, con el tiempo vamos acumulando más de ellas en nuestro “costalito” y no faltan las decepciones, como ese hermoso chavito que desde pequeño su papá lo nombró “mi campeón”, que está jugando el partido de su vida (o, el partido del padre) y falla el penal decisivo. Para el padre, probablemente, solo sea un mal momento y esta criatura seguirá siendo “mi campeón” pero para ese chavito, en su interior, ya acumuló una enorme X en su bagaje de traumas.
Nos hemos convertido en unos maestros para denominar de acuerdo a nuestras perspectivas y necesidades. Porque ¡Lo nuestro, lo nuestro!… ¡es la etiqueta!
Yo me considero un ser lleno de etiquetas positivas y negativas, muchas de ellas me han sido impuestas y heredadas, mientras que otras, las he ido adquiriendo a través de los años. Algunas las he podido anular, otras modificar y… la verdad, con otras me siento cómoda. Recuerdo que desde pequeña me decían que jamás me formé en la cola donde Dios repartía la cintura, y crecí con ese argumento. Para cuando elegí mi vestido de novia, ante la pregunta de la persona que me atendía, sobre cómo quería mi vestido; antes de decir si lo quería rojo, azul, blanco o marrón, corto, largo, con moños, perlas etc. Lo primero que pedí fue que me trajeran el que me marcara más la cintura. Y, efectivamente, en mi boda lucía un vestido que me cortaba la respiración, pero de que se me veía cintura, ¡se me veía!… si se me rompían las costillas no importaba, lo importante era que por una vez en mi vida me quitara la etiqueta de “la que llegó tarde a la repartición de cintura”.
A dónde me gustaría concluir, es que es fácil etiquetar a la gente, somos unos expertos en el tema y somos duros, arrasamos con los otros y con nosotros mismos. Deberíamos de empezar a hablar con amor y compasión, sin juicios, ni expectativas, recordar cada instante que esa persona que tienes frente a ti es un ser humano con una carga emocional y afectiva propia, con experiencias heredadas y muchos temas por resolver y sanar. No queramos controlar lo que no nos corresponde, simplemente fluyamos y aceptemos lo que hay, y mejor formémonos en la cola de “cero etiquetas”.

Nuestras etiquetas elegidas libremente nos identifican y nos hacen particulares… no las impuestas. El reto dejar atrás las que te esclavizan y no te permiten ser.
Si, de acuerdo. Abrazo fuerte Maria