A casi una semana de mi cuarto maratón puedo repetir que fácil no fue (en realidad, ninguno lo ha sido) hay miles de factores que determinan los resultados: calor, agua, calambres, hambre, dolores etc. pero lo que realmente me satisface es lo que aprendo en «mi momento».
En todo evento uno se enfrenta a realidades inesperadas, en este caso al comenzar los primeros kilómetros, una amiga y yo observamos a un señor que competía en patineta: sin un brazo, sin piernas y se empujaba con un muñón. Al rebasarlo prometimos no quejarnos durante la carrera y creo que las dos, en silencio, agradecimos a nuestro cuerpo por lograr esas locuras. Para mi sorpresa este hombre terminó el maratón, o por lo menos recorrió un trayecto largo porque lo encontré en una de las últimas estaciones de hidratación.
Pero en esta ocasión, esta aventura tenía un significado personal ya que había decidido que todo mi esfuerzo estaba dedicado a las madres que conozco, muy particularmente, a la mía, a quien la edad le está jugando las malas pasadas de la vida, y sin que ella supiera, recorrí la distancia en su honor y agradecimiento puro.
Siempre he creído que cuando te enfocas en algo lo encuentras, por ejemplo: piensas que tal vez estás embarazada y se te cruzan varias carriolas por el camino. Y, yo obtuve lo que buscaba. Durante el recorrido me topé con muchas mamás empujando sillas de ruedas, sudaban y se preocupaban por su ocupante, su hijo, pero no pararon. Fue inevitable, recordar a mis grandes maestras de amor: las mamás de María Fermina, Ana Lucía y José, que tengo la fortuna de admirarlas de cerca. También, corrían otras mujeres mayores, alrededor de 60 años, que en su playera llevaban leyendas impresas como: «orgullosa madre de…», o, «corro por mi hijo…», o, «en honor a mi querido…». Asimismo, en este evento existe una milla denominada» blue mille», donde hay varias fotos de jóvenes (no mayores de 21 años) caídos en batallas militares, al pasar por ahí encontré a una pareja de jóvenes que se acercaron a una imagen donde los esperaba una mujer mayor, pusieron una flor y le dieron un beso en la frente a la señora, creo que ninguno de los presentes pudimos contener el llanto.
Conforme pasaban los kilómetros pude entrar en «mi momento», una especie de trance, donde conecté con una parte muy profunda de mi ser. Es ahí, donde evocaba algunas de las personas que conozco y que traía conmigo en mi brazo, como aquella, madre que lucha una batalla contra el cáncer; o, la que sufre la separación de su pareja; o, la que vive una inestabilidad económica y además sus hijos dependen solo de ella; o, la que desea conseguir trabajo pero que le permita estar al pendiente de sus criaturas. También recordaba a mis amigas que corrían en ese mismo momento, con sus particulares historias, como: la que superaba una crisis de salud, logrando demostrarse lo fuerte que se necesita ser para llegar a conquistar los sueños y no rendirse; o, la que por días lidiaba con el cansancio de compaginar la maternidad, con el trabajo, la familia y la ilusión; o, la que vivía preocupada por sus hijos quienes comienzan a volar con alas propias; o, la que tenía lejos a su pequeña; o, la que enfrenta las desveladas, con ojeras en la meta, por las salidas nocturnas de sus hijas adolescentes; o, la que sueña con calificar a Boston, lográndolo, con un sin número de sacrificios; o, la que hubiera deseado de todo corazón estar ahí pero había elegido a su familia para hacer un evento similar días después. Y, así muchas más que estábamos esa mañana corriendo paso a paso con motivos, deseos, preocupaciones, triunfos y con «nuestros momentos».
Después de memorar a todas las heroínas que pasaban por mi mente, aquellas a las que les decimos «mamá», les ofrecí mi sudor, admiré su labor y agradecí su esfuerzo porque nadie nos dijo que este trayecto fuera fácil y ahí estamos todos los días en nuestro propio maratón, con cansancio o no, con calor o frío, con hambre o sed, con dolor y aprendizajes; pero siempre de pie corriendo nuestra propia carrera, misma que nada logrará detenernos porque el amor a nuestros hijos no se mide en medallas, ni en distancias; se mide en voluntad, entrega, fe, esperanza y pasión.

Romy te admiro, cuenta conmigo siempre, cuidate por tus hijos , marido y que bello que dediques la carrera a tu Mama que son grandes seres humanos
Gracias siempre. ❤️