Estamos a pocos días de que se celebre el XXXV edición del Maratón de la Ciudad de México. Para muchos significa un evento cualquiera; que invade las calles, que no permite circular libremente, que se amontona la gente en las banquetas y otros inconvenientes. Pero, para otros significa la culminación de varios meses de entrenamiento, sacrificio y constancia.
Este maratón, en particular, tiene muchas peculiaridades para mí: se lleva a cabo en mi ciudad donde se puede experimentar la sensación de recorrer las calles mientras se pisa la cotidianidad; de percibir esos olores tan cercanos a nuestros recuerdos y mirar la emoción de la gente, tal vez, también se puede descubrir sitios que ni sabíamos que existían, acompañados de memorias y experiencias.
También me encanta porque en este largo recorrido, se logra sentir la calidez del espectador: niños y adultos salen a las calles con hieleras llenas de gatorades, refrescos, naranjas, aguas, hielo, chocolates, plátanos y muchas cosas más que jamás imaginarias encontrar. Pero, la magia del mexicano no radica solo en los alimentos que ofrecen, si no, en la manera de motivar: no paran de gritar, buscan el nombre del corredor en la camiseta para alentarlo, se escuchan porras y canciones, hay letreros con frases alentadoras y simpáticas, también hay lágrimas al ver el esfuerzo que hacen los que pasan ante sus ojos, podría asegurar que más de un observador desearía cargar y llevar hasta la meta a ese corredor que viene luchando con su yo.
Hace 2 años llevé a mis hijos para que vieran pasar a su papá, no era la primera vez que iban pero en esa ocasión algo sucedió, (seguramente era la edad y madurez de mis pequeños), porque nunca imaginé lo que ese evento iba a generar en sus personitas. Inmediatamente, que llegamos a Av. insurgentes, buscaron lugar junto a un señor que traía una hielera enorme y le preguntaron si podían ayudarle a repartir. Así, estuvieron más de 2 horas gritando el nombre de cada uno de los que pasaba; corearon las porras, chocaban las manos con los corredores que se acercaban y brincaron de emoción cuando vieron a su padre, aun cuando él sólo corría una distancia menor a los 42K pero su mejor regalo era cada vez que un corredor les dedicaba una sonrisa, parecía que habían visto a su héroe en vivo y a todo color. Después de estar mucho tiempo en el sol, los tuve que sacar casi a fuerzas, porque se negaban a irse; acabaron sin voz, agotados y al subirse al coche de regreso me di cuenta que se habían contagiado de la locura deportiva que realizan sus papás, observaron el dolor físico de muchos corredores en los últimos kilómetros; agradecieron la sonrisa de aquellos que se la dieron y comprendieron que emotivo es estar ahí, corriendo pero también acompañando a un desconocido. No tengo idea si algún día uno de ellos hará este evento, aunque después de ese día, juraron que sí. pero lo que ellos se llevaron fue una gran enseñanza sobre control mental, sacrificio y motivación.
Hoy en día, han surgido varias campañas para que las personas que se inscriben al Maratón, lo corra completo, y tienen varios puntos a favor. Pero también apoyo a aquellos que decidieron probar y gozar de esa vibra mexicana que da el espectador; o, tal vez habrá algunos que ese domingo corran por primera vez, 10k o 20K, y esto provoque que algún día lo terminen completo y recordarán siempre esa experiencia que los llevo a colgarse la medalla de «lo logré».
Yo, convoco a quienes tienen hijos pequeños y a quienes no, que este domingo salgan y emocionen a su gente, a nuestra gente, quizá en unos años sean ustedes los que vayan por las calles esperando un chocolate de la mano de un pequeño o un grito. Les platico que como corredora recibir esas muestras de motivación gratis, viniendo de desconocidos, es una verdadera inyección de adrenalina; y como espectador también se llena el saquito de satisfacción que llevamos en nuestro interior.
Gracias a todos esos locos que corren el domingo en nuestras calles, nos enseñan que «siempre se puede» y «si se puede». ¡Nos vemos en Av. Insurgentes!
