Parece que fue ayer, cuando un domingo 22 de septiembre regresé a casa y vi en los ojos de mi madre una profunda tristeza y un dejo de pánico. Todavía escucho, cada palabra que pronunció al verme, procurando hacerme comer antes de darme otra noticia que cambiaría mi vida. Recuerdo contestar el teléfono y recibir un pésame del cual yo no tenía conocimiento. Fue entonces cuando me acerqué a mi mamá y le supliqué que me dijera la verdad, aunque mi cuerpo temblaba porque ya la sabía. Y así fue, entre lágrimas y gritos claramente oí: tu papá ya descansó. Y yo comprendía que era lo correcto pero no lo que realmente deseaba, en el fondo esperaba un milagro.
Fue un día gris, lloré como jamás pensé que se podía. Me dolía el corazón y los recuerdos. Me sentía sola y desprotegida.
Definitivamente, mi vida fue otra a partir de ese día, personas nuevas llegaron a mí y me rescataron del dolor. Aprendí que ante un suceso tan doloroso hay ciertas chispas que pueden ayudar a reinventarte. Encontré luz en mi peor obscuridad.
Hoy, soy otra mujer a la de hace 20 años, tengo maravillosos recuerdos, nuevos amores y un ángel que me cuida. Hoy, como otros días, lloró en silencio y también observo las tragedias a mi rededor con mayor sensibilidad. Hoy pido por todos los que han perdido a alguien, y me gustaría que supieran que siempre hay una oportunidad para ser felices, es cuestión de buscarla y abrazarla.
Y como diría la novicia rebelde: «cuando Dios cierra una puerta, abre una ventana».

Con cariño a mis hermanos, cuñadas, sobrinos, hijos y esposo.