Mis cuatro maletas y un Ironman

Hasta el día de hoy no sé si acepté lo que él me proponía por presión social, por seguir el lema de mi amiga: es mejor marido que sale de 6:00 a 2:00, al que sale de 2:00 a 6:00, o por pura ignorancia. Verdaderamente, no sabía a lo que me enfrentaría.

Fueron 8 meses de una dinámica diferente, empezando por la alimentación y una serie nueva de suplementos alimenticios innombrales; fines de semana de 4 personas, en vez de 5, uno  entrenaba desde temprano hasta llegar hecho un trapo. También mi vida social cambió, las salidas nocturnas fueron eliminadas de mi agenda y las pocas reuniones a las que asistía sólo escuchaba hablar de distancias, bicicletas, carreras, vitaminas, polvos, doctores, dolencias etc. Por muchos días escuché esos mismos temas dentro de mi casa, todo giraba alrededor del «I-ron-man». Nuestras conversaciones cambiaron, me oía sin escuchar, veía sin mirar y el cansancio se asomaba temprano para dormir.
Así corrió el tiempo, para cuando abrí los ojos, más se acercaba el día D. Me parecía  extraordinaria idea llevar a mis hijos, suegros y cuñada al evento; sabía que era un combo pesado pero estaba consiente que la experiencia de todos iba a ser imborrable.

Un día antes del evento, el clima se tornaba frío y lluvioso, parecíamos listos: él preparaba una serie de bolsas con alimentos y píldoras, todo un plan perfectamente organizado con tiempos exactos. Yo, hacía mis cuatro maletas básicas: 1º. bolsa con medicamentos: para cualquier tipo de dolor desde el mínimo hasta la pastilla sublingual que olvida cualquier dolencia. 2ª. back pack: sombrillas, 4  impermeables, suéteres, unos tenis y calcetas extras para el competidor, 4 silla plegables,  pila recargable para el celular. 3ª. bolsa con pompones, trompetas, matracas, pelucas de colores. 4ª. lonchera con víveres para la porra

¡Llegó el día! Nos levantamos temprano, entre lágrimas de emoción y angustia, fotos, rezos y besos se echó a andar con los otros 13 participantes, más bien hermanos. Su gran reto lo esperaba, todo lo tenía perfectamente planeado: qué ponerse, qué comer, a qué hora… tal cual lo había estado entrenando por tanto tiempo.

Después de darle la bendición, habría que regresar al cuarto para alistar a la porra. Claramente, ninguno sabía a lo que nos enfrentaríamos, nos esperaba un día lleno de sorpresas. Nos enfundamos las botas de agua, chamarras, pelucas, mis hijos vestían una playera que decía: «My Dad is my hero and he´s an IRONMAN». Tomamos rumbo para verlo salir. Finalmente, encontramos el grupo entre tantos atletas, sacábamos fotos con los competidores, había un aire de ansiedad y nerviosismo, cuando se escucha en el altavoz que debido al mal clima se cancelaba los 3.8 km de natación. Todos enmudecimos, enseguida algunos reclamaban, otros lloraban fuertemente, hubo quienes buscaron el siguiente evento, todos queríamos escuchar que no era cierto. Jamás había visto tanta frustración en un sólo lugar. Este equipo se abrazaba y se consolaba, su esquema se cayó al escuchar esas palabras, seguramente por su cabeza pasaban imágenes de todas esas mañanas que nadaron con lluvia, frío, sol, gripa, de noche. Se reunieron, platicaron, discutieron y decidieron seguir adelante con el evento. Mi esposo mientras, caminaba en búsqueda de la bici, le rodaban lágrimas de impotencia, como a varios más.

fullsizerender-4Así arrancaron todos juntos para completar los 190 km en bici,  pasaron junto a la porra que entre llantos y gritos les queríamos transmitir nuestro ánimo en sus caritas tristes. Después de muchas horas, mientras ellos recorrían paisajes lluviosos, nosotros desayunábamos con ese sabor ácido en la comida por el desaliento.

Llegó el maratón, por más de 7 horas la gran porra, conformada por más de 20 personas con pelucas de colores, playeras y chamarras idénticas, nuestra bandera mexicana y todos los aditamentos para hacer el  ruido necesario, seguimos ahí parados, gritando, cantando, riendo, aplaudiendo, mojándonos. Cada vez que pasaba uno de los nuestros se oían las voces de apoyo, salíamos corriendo a preguntar si se necesitaba algo, y de tantas maravillosas maletas salían farmacias enteras. Verlos pasar era un respiro, una lágrima, una emoción para todos. Nos convertimos en un centro de información mejor que la KGB, teníamos ubicados a los competidores por milla, por tiempo; informábamos a todos nuestros contactos sobre el proceder de la ruta; tomábamos fotos, videos y los enviamos a otras partes del mundo. Mis hijos en lo particular, se preocupaban al no ver pasar a su papa, se pierde fácilmente la noción del tiempo, pero cuando lo tenían en la mira y escuchaban mi grito: «niños ahí viene su papá», aplaudían, gritaban y sabían que en ese lugar no habían personas más orgullosa de su padre que ellos. Mi suegro, comento: «mi hija, jamás pensé que esto fuera tan emocionante, estoy preocupado». Mi suegra, rezaba. Mi cuñada, iba y venía de un lado a otro.

Yo sabía que esta etapa del evento era la parte más pesada para él, venía lastimado de muchos años atrás y le causaba terror no acabar, cosa que estoy segura nunca pasó por su mente. Pero muchos otros corredores comenzaron a quejarse de ampollas en los pies pues se formaron charcos enormes en la carrera, lo que hacía inevitable mojarse los tenis y así, incrementó la dificultad de la prueba.

Obscurecía, varios competidores terminaban el evento, yo esperaba al mío, sola, mi porra ya estaba en la meta. A lo lejos, entre la obscuridad, lo vi. ¿Cómo? No sé. Le grité con lo poco que me quedaba de voz y levantó los brazos, jamás había suspirado tan profundo, estaba cerca de lograrlo. Empecé a correr con él, se veía claramente agotado, me convertí en su porra personalizada animándolo a cada paso, le decía: «¡Vamos! ¡Por tus hijos! ¡Por mí! ¡Por tu familia! así seguimos hasta que lo dejé en el umbral de ese tapete largo, negro con rojo, lleno de reflectores donde se escuchaba su nombre coreado por los nuestros. Visualizó a su familia, hermanos y porra, se acercó a besarlos y abrazarlos, mis hijas se abalanzaban pero las barras les impedían seguirlo. Cuando, claramente escuché del altavoz: «you´re an IRONMAN». Este conjunto de emociones le dio un disparo de adrenalina y sorpresivamente comenzó a  bailar, brincaba, agradecía, volvía a bailar, lo hacía con la energía que se lleva en el corazón; los que estábamos ahí le aplaudíamos otros le gritaban que entrara, sus hijas reían, su papá gritaba: «ese es mi hijo… chin…», su mamá sonreía, su hermana aplaudía y carcajeaba, yo lloraba, su sueño se hacía realidad, la emoción se desbordaba, como las lágrimas de muchos. Fue el desenlace del gozo total superado por el esfuerzo. Al fin cruzó la meta. Ese hombre era otro después de esa noche.

Los momentos extremos vividos ese día se quedan guardados en mis imágenes personales y este suceso me enseña que estos hermanos atletas escribieron una historia, su propia historia, cada uno con sus bemoles pero triunfadores porque desafiaron un reto más grande que el físico, el emocional. Entretanto, en mi familia se cinceló otra experiencia más bella; una de voluntad, de fuerza, de determinación, de esperanza, de entrega y de valor. Hoy, espero la fecha para el siguiente evento. Ahí estaré, con mis cuatro maletas y mi voz que le gritará: ¡You´re an IRONMAN!img_3013

6 comentarios en “Mis cuatro maletas y un Ironman”

  1. Gracias por compartir , me hiciste sentir todas las emociones, estoy llorando, que increible experiencia, sin duda alguna es todo un iron man, no cualquiera tiene esa diciplina y esa determinacion para no ver los problemas sino los sueños y las metas, mis respetos de verdad a todos los que lo hicieron, y a ustedes por tanto apoyo y sacrificio, otra reverencia, los quiero!

  2. Woooooow 👏🏻👏🏻👏🏻👏🏻 Me encanta como escribes, parece que estuve ahi, felicidades a los 5 porque eso fue un trabajo en equipo 👏🏻👏🏻👏🏻👏🏻👏🏻👏🏻

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