Existe la afirmación sobre lo juiciosos que somos cuando se trata de evaluarnos, es decir, de hacer una auto crítica con tintes destructivos. Cuando nos miramos ante el espejo, en especial las mujeres, observamos nuestros peores defectos. Algunos ni siquiera son perceptibles a simple vista pero sí a la nuestra.
Hoy en día, hay una necesidad imperiosa por ser la mejor: la mejor hija, la mejor mamá, la mejor hermana, la mejor esposa, la mejor amiga, la mejor en el trabajo, la de los brazos más fuertes, la que más lee, la que mejor se viste, la más moderna, la más «cool» (como dirían mis hijas) y nos dividimos en mil para lograr la aprobación. ¿De quién? Creo que la nuestra. No tenemos qué quedar bien con nadie ni con el esposo, ni con los padres, ni con los hijos o jefes. En el momento que estemos en paz con nosotros mismos, lo estaremos con el resto. ¡Qué fácil decirlo! Cierto. Yo no me la compro del todo, aún con una sociedad que se ha encargado de repartirnos todas las expectativas en los hombros. Lo peor del caso, las cargamos.
Actualmente, las mujeres vivimos en un constante dilema entre la maternidad y la realización profesional. Hay algunas que tienen que trabajar y cuestionan su rol de madres, mientras otras que no se desarrollan laboralmente, sufren por la ausencia de esta actividad. No estamos conformes con el rol que manejamos, ninguno nos llena. Constantemente, toca a la puerta la culpabilidad más veces que la satisfacción.
Cuantas veces nuestro círculo cercano nos cuestiona sobre nuestra vida soltería, matrimonio, hijos, nietos, casa nueva, cambio de trabajo etc. Vivimos una presión constante. Recuerdo que fui de las últimas de mis amigas en casarme y constantemente recibía comentarios sobre cuando sería el gran día. En lo personal, vivía una situación maravillosa profesionalmente mientras mis amigas ya tenían hijos. Tenía la certeza que maduraba con los años para tener claro cuando sería el momento adecuado para poder decir: «sí, me quiero casar». Tardé en tener hijos, la gente rumoraba. Llegó mi primera hija, en el hospital, recién parida me preguntaban: y ¿para cuando el segundo? Con la expectativa y exigencia de que tendría que ser niño. Llegó la segunda y al llegar el tercero, la gente se sorprendía, tres hijos no es tan común en nuestro esquema, había salido de los «parámetros permitidos».
Nos hemos hechos esclavos de la mismas reglas que imponemos a la sociedad, porque a veces somos nosotros mismos quienes generamos estas actitudes. Tanto pensarlo y repetirlo nos las creemos como propias.
La vida pasa muy rápido, tenemos pocos momentos para saborear lo más bello que se nos dio: nuestro cuerpo, nuestro espíritu. Sería maravilloso dejar de autocriticarnos a diario, desde el momento que nos despertamos hasta al dormir. Poder vivir fluidamente, seguramente, nos ayudaría a dejar de evaluar a los demás y podría generar un ambiente más relajado y aceptar lo que sí podemos hacer y las herramientas que tenemos, porque cuando la vida nos quita elementos valiosos como la salud, es entonces que, añoramos la valiosa realidad con la que contábamos.
Hay que recordar que para los que somos padres, tenemos una generación observándonos, aprendiendo y construyendo su propia personalidad, de nosotros puede depender si se vuelven críticos o agradecidos; severos o complacientes. Y a ti, ¿Cómo te gustaría que fuera el reflejo de tu hijo ante el espejo?
